31.7.06

Gente que no

¿Cuáles son los problemas capitales e interiores del hombre de nuestra época? Sin duda los síntomas de perturbación que todos describen son la infelicidad, la incapacidad para decidir acerca del matrimonio o de la vocación, una total desesperanza, la falta de sentido de sus vidas. Pero, ¿qué hay debajo de éstos síntomas?
En los albores del siglo XX, la causa principal de los problemas mencionados era lo que Sigmund Freud describió con tanto acierto: la dificultad de la persona para aceptar los aspectos instintivos y sexuales de la vida y los conflictos que se producían entre los impulsos sexuales y los tabúes impuestos por la sociedad. Otto Rank afirmó que las raíces de los problemas psicológicos de las personas se nutrían, en aquella época, de los sentimientos de inferioridad, de insuficiencia y de culpa. En la década del 30 cambió de nuevo el foco de los conflictos psicológicos: el común denominador fue, entonces, según lo hizo saber Karen Horney, la hostilidad entre las personas y lo grupos, a menudo conectada con sentimientos se competencia por ver quién le toma la delantera a quién. ¿Cuáles son los problemas fundamentales de este tercio del siglo XX?

La gente vacía

Puede resultar sorpresivo que yo diga que el problema principal de las personas, a esta altura del siglo XX, es la vaciedad. Con esto quiero significar no sólo que muchas personas no saben lo que desean, sino que a menudo no tienen ideas claras acerca de lo que sienten.
Por lo general suelen hablar con soltura acerca de lo que debieran necesitar: terminar sus estudios universitarios con éxito, conseguir trabajo, enamorarse, casarse y constituir una familia; pero en seguida se pone en evidencia, incluso para ellos, que lo que están describiendo es lo que los demás (padres, profesores, empleadores) esperan de ellos, más bien que lo que ellos mismos quieren. Hace tres décadas podían tomarse en serio estas metas externas pero hoy la persona se da cuenta, incluso cuando habla, de que sus padres y la sociedad ya no le solicitan que cumpla con esos requisitos. En teoría, al menos, le han dicho una y otra vez que tiene entera libertad para decidir por si mismo. Y por otra parte, la persona comprueba que la persecución de las metas externas mencionadas no le va a servir de ayuda. Como alguien dijo: “no soy más que un conjunto de espejos que reflejan lo que cada uno espera de mi”.
Jean Paul Sartre “…el hombre está condenado a ser libre. Condenado, porque no se ha creado a sí mismo, y sin embargo, por otro lado, libre, porque una vez arrojado al mundo es responsable de todo lo que hace. ”
(…) En la actualidad los tabúes sexuales son mucho más débiles, y así lo evidencia el informe Kinsey, por si alguien lo pone todavía en duda. En otros términos, el problema más común en la actualidad no es el tabú social con respecto de la actividad sexual o el sentimiento que produce el sexo en si mismo, sino el hecho de que éste es para muchas personas una experiencia vacía, mecánica y sin contenido.


Quizás algunos lectores saquen en conclusión que esta vaciedad, esta incapacidad para conocer lo que uno siente o desea, se debe al hecho de vivir e n una época de incertidumbre, de cambios económicos; con un futuro pleno de inseguridad por delante a pesar de que no seamos capaces de detectarlo. ¡Por eso no es extraño que uno no sepa que hacer y se sienta inútil! Pero esta conclusión es demasiado superficial. Además, las dificultades económicas y los cambios sociales son, en realidad, síntomas de una situación que subyace las apariencias.
Hay muchos datos sociológicos que indican que la “vacuidad” ya se está haciendo sentir de muchas maneras diferentes en nuestra sociedad. David Riesman en su excelente libro La muchedumbre solitaria, encuentra la misma vacuidad en si fascinante análisis del carácter norteamericano actual.
El carácter norteamericano típico de esta época (1ª guerra mundial) responde en palabras de Riesman, a influencias externas. No busca salirse de las normas sin “encajar” en ella, por eso vive como si estuviera dirigido por un radar acoplado a su cabeza con carácter permanente que le dice lo que los otros esperan de él. Al igual que el hombre que se definió así mismo como un conjunto de espejos, éste es capaz de responder, pero no de elegir, puesto que no tiene un centro propio y eficaz de motivación.
No queremos, ni tampoco lo quiere Riesman, dejar implícito un sentimiento de admiración por el hombre “dirigido desde adentro” de la época victoriana, por cuanto su fortaleza le venia de la internalización de normas externas, del encasillamiento del poder de la voluntad y del intelecto y de la represión de sus sentimientos. El giroscopio es un símbolo excelente para ellos dado que éste descansa en un centro de estabilidad totalmente mecánico. Es fácil ver como se habría producido la transición de la irrupción del periodo del “hombre de hierro” a una época de vaciedad: saquemos el giroscopio y nos encontraremos con que están vacíos.
Así pues, no derramemos lágrimas por el deceso del hombre giroscopio. Se podría poner sobre su tumba el siguiente epitafio: “Al igual que el dinosaurio, tenia poder sin la capacidad de cambiar; fuerza sin la posibilidad de aprender”. Si vemos con claridad que su método giroscópico de obtener fuerza psicológica era falso y eventualmente contraproducente y su dirección interior un substituto moralista de la integridad más bien que ésta misma, estaremos más convencidos de la necesidad de encontrar un nuevo centro de fortaleza dentro de nosotros mismos.
Riesman señala que las personas “dirigidas desde afuera” de nuestra época se suelen caracterizar por sus actitudes de pasividad y apatía. La gente joven de hoy día ha abandonado de una forma general la impulsiva ambición de sobresalir, de alcanzar la sima; o si la tienen la consideran como una falta y a menudo disculpan estos vestigios de las costumbres de sus mayores. Necesitan que sus pares los acepten aun a riesgo de pasar desapercibidos y de absorberse en el grupo.
El ejemplo más claro de la vida vacía lo proporciona el habitante suburbano que se levanta a la misma hora todas las mañanas de la semana laborable, toma el mismo tren para ir a trabajar a la ciudad, almuerza en el mismo lugar, deja la misma propina a la camarera todos los días, regresa a casa en el mismo tren todas las noches, tiene dos o tres hijos, cultiva su jardincito, pasa las dos semanas de vacaciones veraniegas, va a la iglesia todas las navidades y pascuas y lleva una existencia rutinaria y mecánica año tras año hasta que por fin se retira y se jubila a los 75 y poco tiempo después muere de una falla cardiaca, posiblemente muere de hastió.
Hay señales en la ultimas dos décadas de que la vaciedad y el hastió se han convertido en estados de animo mucho más serios para mucha gente.
La gente que vive “hueca” puede soportar la monotonía sólo gracias a una descarga ocasional o al menos identificándose con las de otras personas.
En algunos círculos se ha hecho incluso una meta de la vacuidad y se persigue con ansia bajo el pretexto de ser “adaptable”.
Los editores de Fortune confiesan haber llegado a resultados un poco estremecedores. “Parecería que el conformismo está siendo elevado a algo semejante a una religión… Quizá los norteamericanos llegaremos a una sociedad hormiguero, no por la voluntad de un dictador sino a causa del irrefrenable deseo de marchar al mismo paso que los otros…”
¿Cuál fue el origen psicológico de esta experiencia de vacío? El sentimiento de vacío o vacuidad que hemos observado en lo social y en lo individual no debe tomarse como queriendo significar que la gente está vacía, o sin potencial emocional. Un ser humano no esta vacío en un sentido estático como si fuera una batería de acumuladores que necesitara carga. La experiencia de vacío, más bien, suele provenir del sentimiento que tienen las personas de su impotencia para hacer algo útil en relación con sus vidas son el mundo en el que viven. La vacuidad interior es el resultado a largo plazo de la acumulación, por parte de una persona, de convicciones propias cerca de si mismo, es decir, su convicción de que no puede actuar como una entidad en la dirección de su propia vida, o cambiar la actitud que otras personas tienen para con ella, o influir de hecho en el mundo que la rodea. De este modo genera el profundo sentimiento de desesperación e insignificancia que tienen muchas personas en la actualidad. Y en seguida renuncia a querer y a sentir debido a que no puede establecer una real diferencia entre lo que quiere y lo que siente. La apatía y la ausencia de sentimiento son también defensas contra la ansiedad.
Erich Fromm ha señalado que la gente de nuestra época ya no vive más sometida a la autoridad de la iglesia o de las leyes morales, sino a “autoridades anónimas” tales como la opinión pública. La autoridad es el mismo público, pero esto no es más que un conjunto de individuos c/u de los cuales tiene su dispositivo de radar ajustado para descubrir lo que los otros esperan de él.

15.7.06

AD. 90

El amor a la Patria, se sabe, se llama patriotismo. Y se expresa de distintas maneras: la más obvia, sin duda, es lucir escarapelas en la ropa, colgar banderas en balcones, calles, plazas, taxis; emocionarse al cantar el Himno Nacional-sobre todo si es en la versión de Charly García*- y gritar en las canchas: “¡Argentina! ¡Argentina!”. Y se trata de una pasión que viene de lejos.
El patriotismo de los primeros años del siglo XX, de la Argentina del Centenario, fue “excluyente y xenófobo”, sostiene el historiador Felipe Pigna. El historiador Fernando Devoto comparte esta visón con Pigna: “La necesidad de construir a los argentinos de ese conglomerado heterogéneo producido por la masiva inmigración europea y de responder a la amenaza social que parecía implicar la difusión del socialismo y del anarquismo llevaron a los grupos dirigentes a imponer dosis masivas de patriotismo en el sistema escolar y en el servicio militar”. Pero el “Yo, argentino” que usaban los grupos de choque de la Liga Patriótica, integrados por jóvenes de la clase alta, contra esos inmigrantes mutó hacia 1930. El pacto Roca-Runciman por el cual la Argentina cedía a Inglaterra todo el comercio de las carnes, encarnó en las apasionadas arengas del senador santafesino, del Partido Demócrata, Lisandro de la Torre el nacionalismo en ascenso que esta vez tenía como enemigo a la vista al imperio británico y que continuaron en Fuerza Orientadora Radical de la Juventud Argentina (FORJA), de la mano de Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz. Sin ellos, el peronismo en los 40 y 50 no hubiera podido poner letra a su postulado de unir la soberanía nacional con la soberanía popular, como la forma de integrar a las clases sociales en el nuevo esquema del Estado de Bienestar.

En los 60 hubo una recuperación del patriotismo vinculado a la juventud que proponía un “socialismo nacional”, usaba poncho y tomaba mate, escuchaba folclore y componía las mejores canciones del rock nacional. La dictadura de 1976 impuso un nacionalismo cuartelero mientras se desnacionalizaba la economía y se mataba argentinos. Malvinas fue un pico de exhaltación de ese sentimiento que fue explotado con infamia por el régimen militar. Por eso, la vuelta a la democracia en los 80 que reconstruyó la soberanía popular significó un reverdecer del patriotismo aún vergonzante ya que se lo ligaba a lo militar. En los 90 se vendió el patriotismo nacional y se nos enseñó que no había fronteras y que el patriotismo era una antigüedad. Una de las pocas consecuencias de la crisis de 2001 fue un saludable y renovado por lo nuestro, siempre que esta pasión no esté ligada nunca más a sentimientos ultramontanos y xenófobos”, dijo Pigna.
Lo cierto es que a principio del siglo XXI, un sondeo de opinión realizado a principios de este mes por el CENM que dirige Rosendo Fraga reveló que 6 de cada 10 argentinos usan banderas o escarapelas para las fiestas patrias (…) Fraga analizó que “se trata de un fenómeno cultural que tiene como origen la necesidad de reafirmación de la identidad nacional en tiempos de globalización. El gusto por las expresiones culturales propias-lo vemos en la Argentina por la inclinación de los jóvenes por el tango y el folclore (¿?) que décadas atrás era impensable y el éxito de la literatura histórica-, y la nacionalización del sentimiento y fervor deportivo hoy tienen un significado diferente al pasado”. Fraga concluye que “no se trata de un fenómeno económico o de mercado sino por el contrario el marketing toma lo patriótico, lo toma porque la sociedad lo reclama”. Y que “si bien el Estado-Nación ha perdido autonomía en la globalización y se ha debilitado en su concepto jurídico-político, el sentimiento nacional se fortalece en la cultura y el deporte”, incrementando su significado histórico-cultural. En el caso argentino, el desánimo de vivir en un país en crisis que no logra diseñar un horizonte positivo creíble también incide en la búsqueda de símbolos nacionales como fuente de inspiración”.
Devoto pone en cuestión tanta virtud cívica de los argentinos. “La relación de los argentinos con algunos símbolos patrios como banderas, escarapelas, escuditos en la solapa, tiene una intensidad cercana a la desmesura. Y viene de lejos”.
Devoto recordó una anécdota del origen de tanta pasión patriótica: "En ocasión de las fiestas del Centenario en mayo de 1910, manifestaciones recorrían en esos días la ciudad de Bs. As. cantando sin cesar el Himno Nacional. Un periodista italiano observó indignado que se le reclamaba también a él cantarlo y que llevase una escarapela".
"Con los años, esa ritualidad impulsada desde el Estado se hizo hábito espontáneo de los ciudadanos como se ve hoy. Pero se olvidó que esa simbología en su origen se oponía a otras: tapar con la bandera celeste y blanca a la roja de los anarquistas y socialistas o las banderas nacionales de los distintos grupos de inmigrantes que en ocasiones de sus fiestas nacionales también inundaban la ciudad". Con razón Devoto reflexiona: "Hoy, esa exhibición, ¿contra quién se hace y qué representa verdaderamente? ¿Se trata de algo exterior, escenográfico? Porque cualquiera sea la relación que se establece con algo tan misterioso como la Patria no pasa por colocar banderitas en las antenas de los autos. Mirados desde afuera, los argentinos parecen un dechado de virtudes cívicas, solidaridad y patriotismo. ¿Lo son verdaderamente?
La socióloga Graciela Romer aportó otra pregunta: "¿Acaso los símbolos patrios sirven para unir más a los argentinos?" Un sondeo realizado por ella a fines de 2004 reveló que la mitad de los argentinos cree que hay más cosas que nos unen que las que nos separan, pero la otra mitad pensó lo contrario: son más las que nos separan. Que la mayoría cree que los unen "sentimientos comunes y la solidaridad social", luego "los problemas", luego "la cultura, la tradición, la historia".
Pero los símbolos patrios, como objeto de unidad, van cola. La conclusión de Romer hace pensar: "Si a los argentinos los unen más la solidaridad y los problemas, se debe pensar que éstas son las marcas que definen su más profunda identidad nacional".
Entonces Borges tenía razón: a los argentinos no los une el amor sino el espanto. Será por eso que se quieren tanto...