El asesinato de José Luis Cabezas atravesó, horizontal y verticalmente, toda la sociedad. Este crimen sacó a la luz todo un tejido de corrupción que vinculaba a ministros, jueces, legisladores, las fuerzas armadas y de seguridad con los intereses de los grandes grupos económicos. En el asesinato de Cabezas se anuda un estilo mafioso de resolver problemas cuando los negocios y el poder de la organización sufren algún contratiempo en su constante carrera para acumular poder y dinero. Fue un mensaje claro para todos los que quisieran escucharlo. Para los periodistas y reporteros gráficos que investigan y quieren hacer públicas informaciones que se pretende queden en las sombras. Para los políticos que se oponen al accionar mafioso, y especialmente para los hombres y mujeres comunes que, al oír estas noticias por televisión o por radio, van sintiendo miedo y aprendiendo a claudicar. Pero algo falló: no contaban con que José Luis se convirtiera en símbolo de la lucha contra la corrupción, en el estandarte de la lucha contra la impunidad. Rápidamente encarnó en una energía de redención que convocó a la gran mayoría de los argentinos.No fue fácil para la familia de José Luis ni para el abogado Alejandro Vecchi quien llevó adelante un juicio en el que logró que esa maraña hasta entonces impenetrable se tornara vulnerable. El caso Cabezas demostró a todo el país cómo las organizaciones mafiosas necesitan no sólo la impunidad sino también la mentira. Con la impunidad pueden seguir haciendo lo que quieren; con la mentira, dirigir la opinión y el pensamiento de la ciudadanía.
26.1.07
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